—¿Pero no me dijiste —preguntó vivamente la desconocida— que Lesbia estaba en relaciones con Isidoro?
—Sí —contestó mi ama—; pero este amor, que ha durado poco tiempo, ha sido un interregno durante el cual Mañara no bajó del trono. Lesbia amó a Isidoro por vanidad, por coquetería, y continúa en relaciones con él. Isidoro está locamente enamorado, y ella se complace en avivar su amor, divirtiéndose con los martirios del pobre cómico.
—¿Y no has pensado que se podría sacar partido de esos dobles amores?
—¡Ya lo creo! Lesbia e Isidoro se ven en casa de la González y en el teatro.
—Puedes hacer que Mañara los descubra y...
—No, mi plan es mejor aún. ¿Qué importa Mañara? Yo quiero apoderarme de alguna carta o prenda que Lesbia entregue a cualquiera de sus dos amantes, para presentarla a su marido, a ese señor que a pesar de su misantropía, si llegara a saber con certeza las gracias de su mujer, vendría a poner orden en la casa.
—Indudablemente —dijo la desconocida animándose por grados—. ¿Y qué vas hacer?
—Según lo que den de sí las circunstancias. Pronto volveremos a Madrid, porque en casa de la marquesa se prepara una representación de Otello, en que Lesbia hará el papel de Edelmira, Isidoro el suyo, y los demás corren a cargo de jóvenes aficionados.
—¿Y cuándo es la representación?
—Se ha aplazado porque falta un papel que ninguno quiere desempeñar, por ser muy desairado; mas creo que pronto se encontrará actor a propósito, y la función no puede retardarse. El duque ha prometido dejar sus Estados para asistir a ella. La reunión de todas estas personas ha de facilitar mucho una combinación ingeniosa, que nos permita castigar a Lesbia como se merece.