—¡Oh! sí, hazlo por Dios. Su ingratitud es tal, que no merece perdón. ¿Sabes que es ella quien me ha acusado de haber querido asesinar a Jovellanos?
—Sí: lo sabía.
—¡Ves qué infamia! —añadió la desconocida, indicando en el tono de su voz la ira que la dominaba—. Verdad es que aborrezco a ese pedante, que en su fatuidad se permite dar lecciones a quien no las necesita ni se las ha pedido; pero me parece que su encierro en el castillo de Bellver es suficiente castigo, y jamás han pasado por mi mente proyectos criminales, cuya sola idea me horroriza.
—Lesbia se ha dado tan buena maña para propalar lo del envenenamiento, que todo el mundo lo cree —dijo Amaranta—. ¡Ah, señora, es preciso castigar duramente a esa mujer!
—Sí, pero no incluyéndola en la causa: eso redundaría en perjuicio mío. Manuel me lo ha advertido esta tarde con mucho empeño, y es preciso hacer lo que él dice. Por su parte, Manuel le causa todo el daño que puede. Desde que supo las infamias que contaba de mí, dejó cesantes a todos los que habían recibido destino por recomendación suya. Esta prueba de afecto me ha enternecido.
—No sería malo que Mañara sintiera encima la mano de hierro del generalísimo.
—¡Oh, sí! Manuel me ha prometido buscar algún medio para que se le forme causa y sea expulsado del cuerpo, como se hizo con aquellos dos que nos conocieron cuando fuimos disfrazadas a la verbena de Santiago. ¡Oh! Manuel no se descuida: después que nos reconciliamos por mediación tuya, su complacencia y finura conmigo no tiene límites. No, no existe otro que como él comprenda mi carácter, y posea el arte de las buenas formas aun para negar lo que se le pide. Ahora precisamente estoy en lucha con él para que me conceda una mitra...
—¿Para mi recomendado el capellán de las monjas de Pinto?
—No: es para un tío de Gregorilla la hermana de leche del chiquitín[*]. Ya ves: se le ha puesto en la cabeza que su tío ha de ser obispo, y verdaderamente no hay motivo alguno para que no lo sea.
[*] D. Francisco de Paula.