—¿Y el Príncipe se opone?
—Sí; dice que el tío de Gregorilla ha sido contrabandista hasta que se ordenó hace dos años, y que es un ignorante. Tiene razón, y el candidato no es por su sabiduría ninguna lumbrera de la cristiandad; pero hija, cuando vemos a otros... y si no ahí tienes a mi primo, el cardenalito de la Escala[**], que no sabe más latín que nosotras, y si le examinaran, creo que ni aun para monaguillo le darían el exequatur.
[**] El cardenal infante D. Luis de Borbón, arzobispo de Toledo.
—Pero ese nombramiento lo ha de hacer Caballero —dijo Amaranta—. ¿Se opone también?
—Caballero, no —contestó riendo la desconocida—; ese ya sabes que no hace sino lo que queremos, y capaz sería de convertir en regentes de las Audiencias a los puntilleros de la plaza de toros, si se lo mandáramos. Es mi buen sujeto que cumple con su deber con la docilidad del verdadero ministro. El pobrecito se interesa mucho por el bien de la nación.
—Pues él puede dar la mitra por sí ante sí al tío de Gregorilla.
—No; Manuel se opone, ¡y de qué manera! Pero yo he discurrido un medio de obligarle a ceder. ¿Sabes cuál? Pues me he valido del tratado secreto celebrado con Francia, que se ratificará en Fontainebleau dentro de unos días. Por él se da a Manuel la soberanía de los Algarbes; pero nosotros no estamos aún decididos a consentir en el repartimiento de Portugal, y le he dicho: «Si no haces obispo al tío de Gregorilla, no ratificaremos el tratado y no serás rey de los Algarbes.» Él se ríe mucho con estas cosas mías; pero al fin... ya verás cómo consigo lo que deseo.
—Y mucho más cuando estos nombramientos contribuyen a fortificar nuestro partido. ¿Pero él no conoce que el del Príncipe es cada vez más fuerte?
—¡Ah! Manuel está muy disgustado —dijo la desconocida con tristeza—; y lo que es peor, muy acobardado. Afirma que esto no puede concluir en bien y tiene presentimientos horribles. Estos sucesos le han puesto muy triste, y dice: «Yo he cometido muchas faltas, y el día de la expiación se acerca.» ¡Pero qué bueno es! ¿Creerás que disculpa a mi hijo, diciendo que le han engañado y envilecido los amigos ambiciosos que le rodean? ¡Ah! mi corazón de madre se desgarra con esto; pero no puedo atenuar la falta del Príncipe. Mi hijo es un infame.
—¿Y él espera conjurar fácilmente tantos peligros? —preguntó mi ama.