—No lo sé —repuso la desconocida tristemente—. Manuel, como te he dicho, está muy descorazonado. Aunque cree castigar pronto y muy ejemplarmente a los conjurados, como hay algo que está por encima de todo esto, y que...

—Bonaparte sin duda.

—No; Bonaparte creo que estará de nuestro lado, a pesar de que el Príncipe lo presenta como amigo suyo. Manuel me ha tranquilizado en este punto. Si Bonaparte se enojase con nosotros, le daríamos veinte o treinta mil hombres para que los sacase de España, como sacó los de la Romana. Eso es muy fácil y a nadie perjudica. Lo que nos entristece es otra cosa, es lo que pasa en España. Según me ha dicho Manuel, todos aman al Príncipe y le creen un dechado de perfecciones, mientras que a nosotros, al pobre Carlos y a mí nos aborrecen. Parece mentira: ¿qué hemos hecho para que así nos odien? Francamente te digo que esto me tiene afectada, y estoy resuelta a no ir a Madrid en mucho tiempo. Te juro que aborrezco a Madrid.

—Yo no participo de ese temor —dijo Amaranta—, y espero que castigados los conspiradores, la mala yerba no volverá a retoñar.

—Manuel trabajará sin descanso: así me lo ha dicho. Pero es preciso que se evite en todo lo que pueda escandalizar, y sobre todo que resulte desfavorable. Por eso esta noche en cuanto llegó Manuel, vino a suplicarme que por conducto tuyo, hiciese arrancar de la causa todo lo relativo a Lesbia, que es poseedora de documentos terribles, y se vengaría cruelmente en sus declaraciones. Ya sabes que tiene mucha imaginación, y sabe inventar enredos con gran arte. Desde que Manuel me habló hasta que te he visto, no he sosegado un momento. Pero ni él ni yo, podemos hablar de esto con Caballero: háblale tú y arréglalo con tu buen juicio y habilidad. ¡Ah! se me olvidaba. Caballero desea el toisón de oro: ofréceselo sin cuidado; que aunque no es hombre para cargar tal insignia, no habrá reparo en dársela, si se hace acreedor a ella con su lealtad. ¿Harás lo que te digo?

—Sí, señora. No habrá nada que temer.

—Entonces me retiro tranquila. Confío en ti ahora como siempre —dijo la desconocida levantándose.

—Lesbia no será llamada a declarar; pero no nos faltará ocasión de tratarla como merece.

—Pues adiós, querida Amaranta —añadió la dama besando a mi ama—. Gracias a ti, esta noche puedo dormir tranquila, y entre tantas penas, no es poco consuelo contar con una fiel amiga que hace todo lo posible por disminuirlas.

—Adiós.