—Es muy tarde... ¡Dios mío, qué tarde!

Diciendo esto se encaminaron juntas a la puerta, y abierta esta aparecieron otras dos damas, con las cuales se retiró la desconocida, después de besar segunda vez a mi ama. Cuando esta se quedó sola se dirigió a la habitación en que yo estaba. Mi primera intención fue retirarme del escondite y huir; pero reflexionándolo brevemente, creí que debía esperarla. Cuando ella entró y me vio, su sorpresa fue extraordinaria.

—¡Cómo, Gabriel, tú aquí! —exclamó.

—Sí, señora —respondí serenamente—. He empezado a desempeñar las funciones que usía me ha encargado.

—¡Cómo! —dijo con ira—. ¿Has tenido el atrevimiento de...? ¿Has oído?

—Señora —respondí—, usía tiene razón: poseo un oído finísimo. ¿No me mandaba usía que observara y atendiera...?

—Sí —dijo más colérica—. Pero no a esto... ¿entiendes bien? Veo que eres demasiado listo, y el exceso de celo puede costarte caro.

—Señora —repuse con mucha ingenuidad—, quería empezar a instruirme cuanto antes.

—Bien —repuso procurando tranquilizarse—. Retírate. Pero te advierto que si sé recompensar a los que me sirven bien, tengo medios para castigar a los desleales y traidores. No te digo más. Si eres imprudente, te acordarás de mí toda tu vida. Vete.

XIX