En cambio de las cosas que con tanta zandunga iba recuperando, enviole un lío compuesto de informes retazos, cintas y recortes que, en puridad, no servían para nada. Gracias que saliese de allí una corbata para Paquito y otra para el excelso pescuezo del ratoncito Pérez.
Una mañana que la Pipaón estaba sola, pues Thiers había ido a la consulta, presentose inopinadamente Pez. Vestido de verano, con el ligero y elegante traje de alpaca de color, parecía un pollo. Veíale siempre Rosalía con gusto, y en aquella ocasión le vio con mayor agrado, por lo terso y remozado que estaba. Cada vez se crecía más en el espíritu de la noble señora la imagen de aquel sujeto, y se afianzaba más en los dominios de su pensamiento. Y antes que los atractivos exteriores de él, antes que sus modales y su señorío, la cautivaban los propósitos que hizo de protegerla en cualquier circunstancia aflictiva. Hubiérase rendido al protector antes que al amante; quiero decir que si Pez no hubiera puesto aquellas paralelas del ofrecimiento positivo, el terreno ganado habría sido mucho menos grande. Él, no obstante ser muy experto, contaba más con la fuerza de sus gracias personales que con aquel otro medio de combate. Pero a muy pocos es dado conocer todas las variedades de la flaqueza humana. Aquel bélico artificio, usado simplemente como auxiliar, resultó más eficaz que los disparos de Cupido.
Y aquel día estuvo Pez tan expresivo desde los primeros momentos, tan atrevidillo y despabilado, que Rosalía, considerándose sola con él en la casa (pues también los niños y Prudencia habían salido) se vio en grandísima turbación. Cuanto en su alma había de recto y pudoroso, así lo ingénito como lo educado por Bringas en tantos años de intachable vida conyugal, se sublevó y se puso en guardia. Pez resultaba ser un muchacho casquivano en aquella hora crítica; transfigurose en un romántico de los que se decoran con desesperación, y se engalanan con un bonito anhelo de morirse. Su lenguaje y sus modos, perfectamente adaptados al ardoroso temple de la canícula, aterraron a Rosalía, primeriza en aquella desazón de las amistades culpables. Dígase y repítase en honor suyo. Halló mi calaverón una virtuosa resistencia que no esperaba, pues según su frase, que le oí más de una vez, había creído que, por su excesiva madurez, aquella fruta se caía del árbol por sí sola.
XXXVI
El análisis de la virtud de la Pipaón arroja un singularísimo resultado. Pez no había tenido la habilidad o la suerte de sorprenderla en uno de aquellos infelices momentos en que la satisfacción de un capricho o las apreturas de un compromiso movían en su alma poderosos apetitos de poseer cantidades, que variaban según las circunstancias. En tales momentos, su pasión de los perifollos o el anhelo de cubrir las apariencias y de tapar sus trampas, la cegaban hasta el punto de que no vacilara en comprar el triunfo con la moneda de su honor... Así se explica el enigma de la derrota de Pez. Cuando quiso expugnar la plaza, esta se hallaba bien abastecida. La Bringas tenía dinero en aquellos días. Milagros habíale pagado más de la mitad de su deuda, y el resto se lo daría seguramente el domingo próximo, con más algo que deseaba dejar en su poder como reserva. Segura de salir bien del compromiso más urgente, aquella señora tan frescota y lozana se creía en el caso de hacer gala de su entereza, de una virtud menos sensible al autor que al interés. Con una frase que conservo en la memoria, calificó Pez aquel carácter vanidoso, aquel temperamento inaccesible a toda pasión que no fuera la de vestir bien. Dijo este gran observador que era como los toros, que acuden más al trapo que al hombre.
Insistía en sus románticas vehemencias mi amigo, y quién sabe si al fin habría tenido la contienda un término funesto... Pero la entrada de los niños fue como intervención de la divina Providencia en el asunto. Poco después llegó D. Francisco, y ambos señores hablaron un poco de política, de aquella obcecada política de González Bravo, que en boca de Pez, por especial disposición de su ánimo, tomaba un tinte muy pesimista. D. Francisco se espeluznaba oyéndole. La prisión de los generales y del duque de Montpensier era una torpeza. Los revolucionarios habían dicho su Última palabra en La Iberia de aquellos días, y el Gobierno había lanzado su último reto. El Ejército simpatizaba con la revolución, y hasta se decía que la Marina... «¡Por Dios, señor de Pez, no hable usted barbaridad semejante!»—exclamaba Thiers llevándose ambas manos a la cabeza y olvidándose de retirarlas durante un rato.
«Yo me lavo las manos—dijo el otro—. Yo estoy viendo venir un cataclismo, y francamente, cuando he sabido que la Unión liberal, que es un partido de gobierno, que es un partido de orden, que es un partido serio, ayuda a los revolucionarios, qué quiere usted... no veo la cosa tan negra...».
A punto estuvo Thiers de incomodarse, pues la benevolencia de su amigo como que parecía preludio de una defección. Siguió Bringas desfogando su ira contra los progresistas, la Milicia Nacional, Espartero, sin olvidar el chas-cás; contra el titulado Himno de Riego, contra los llamados demócratas y todo bicho viviente, hasta que Pez, hastiado, llevó la conversación al asunto de su viaje. Él no tenía impaciencia ni creía que fuese absolutamente necesario para su salud abandonar los Madriles; pero sus niñas le acosaban tanto para que las llevase pronto a San Sebastián, que ya no podía dilatar más la expedición. Querían las pobrecillas lucir en la Concha y en la Zurriola los perendengues de la estación, y tal era su entusiasmo por esto, que si no las llevaba pronto, reventarían de tristeza. Su mamá se quedaba aquí, prosternada delante del altar de las Ánimas y comadreando en las sacristías con otras beatonas de su misma estofa. Descanso y libertad era para las pobres niñas el viaje al Norte, y en este concepto no podía menos de ser provechoso a la endeble salud de ambas. Para el papá más era molestia que esparcimiento el tal viajecito, porque sus hijas le mareaban con las frecuentes excursiones a Bayona para comprar trapos y pasarlos de contrabando. Y no necesitaban Josefita y Rosita hacer lo que hacen otras, que se visten lo comprado y meten en los baúles lo de uso; ni necesitaban ponerse dos abrigos de invierno, uno sobre otro, y seis pares de medias y dos faldas y cuatro manteletas. La circunstancia feliz de ser su papá Director en Hacienda las eximía de aquella sofocante manera de contrabandear. El administrador de la Aduana de Irún debía el puesto que ocupaba a nuestro Pez, y también él era Pez por el costado materno, con lo cual, dicho se está que las niñas se traían a España media Francia. «Es para mí una ocasión de infinitos compromisos este viaje—agregaba don Manuel finalmente—, porque no puedo asomar la nariz en Bayona y en Biarritz sin que me vea acosado por las señoras de alta y media categoría, pidiendo la consabida tarjeta o volantito para el primo de Irún... Las más de las veces no puedo negarlo... Está ya en nuestras costumbres y parece una quijotería el mirar por la Renta. Es genuinamente español esto de ver en el Estado el ladrón legal, el ladrón permanente, el ladrón histórico... Entre otros adagios de inmoral filosofía, hay aquel de tiene cien años de perdón, etcétera... Es mi tema; esto es un país perdido... Y vaya usted a echársela de moralista. El año pasado, una marquesa bastante acomodada, a quien no quise facilitar el paso de un cargamento de vestidos, por poco me saca los ojos. Se puso hecha una leona y clamaba por la revolución y los demagogos. Una duquesa, demasiado lista, se dio el gusto de pasar, en mis barbas y en las barbas del primo de Irún... ¡pásmese usted!... ¡cincuenta y cuatro baúles llenos de novedades!».
Dicho esto, retirose, y al día siguiente volvió para despedirse, pues aquella misma tarde se marchaba. Un ratito pudo hablar a solas con Rosalía, y se mostró tan llagado del corazón y tan herido de punta de despecho amoroso, que la honesta señora no pudo menos de compadecerle, sintiendo al propio tiempo dos clases de vanidad; la del triunfo de su virtud y la no menos grande de ser objeto de pasión tan formidable. Grandes debían de ser su mérito y su belleza cuando se postraba ante ella, como un chicuelo, varón tan serio y sosegado, cuando hombres de aquel temple se chiflaban ante ella y habrían comprado con su vida (textual) cualquier favorcillo.
Milagros no salió hasta el 29. ¡Cuántas ocupaciones tuvo aquellos últimos días, y qué angustias pasaba para preparar su viaje!