«Queridísima amiga—dijo Rosalía, a solas con ella en el Camón—, usted me ha de dispensar que no le entregue, antes de irme, aquel resto que falta. Supongo que podrá usted esperar unos días. Al apoderado de casa dejo encargo de poner en sus manos esa cantidad el 5 o el 6 del próximo, pues para entonces ha de cobrar ciertas cantidades de unos censos de Zafra. Descuide usted, que no le faltará. Es lo primero que he puesto en la lista de encargos que dejo a Enríquez, y para que no se le olvide, siempre que le veo machaco en lo mismo. «Cuidado cómo deja usted de entregar... cuidado, Enríquez... El pico de mi amiga es lo primero».

Muy mal le supo a esta tal dilación; pero como la promesa parecía tan solemne y no era mucho esperar al 5 de Agosto, hubo de tranquilizarse. Su amiga prosiguió aturdiéndola con su estrepitoso cariño y perjurando que le había de traer de Francia mil regalitos de altísima novedad. «Supongo que allí tropezaremos con Pez, para que nos libre del mareo de la Aduana, que es insoportable con aquellos empleados tan ordinarios. Si se les deja, capaces son de abrir todos los baúles... y yo llevo la friolera de catorce. De allá siempre traigo tres o cuatro más. No puede usted figurarse cómo estoy de rendida con el trabajo de estos días. Mi maridillo no me ayuda nada. Todo se lo han de dar hecho. Este año ni siquiera se ha tomado la molestia de pedir los billetes gratis. Yo lo he tenido que hacer, poniendo cartitas al Presidente del Comité ejecutivo, y al fin a regañadientes me los han dado. Pero no he podido conseguir que nos den dos reservados como otros años, sino uno solo. ¡Qué injusticia!... Yo le digo a Sudre que este es el pago que le dan por defender en el Senado a la Compañía como él la defiende, contra viento y marea. Me pongo nerviosísima los días de viaje. Me parece que siempre se queda algo, que no vamos a alcanzar el tren, que me van a hacer pagar un sentido por exceso de peso... ¡Ya ve usted, catorce baúles! Es un laberinto de mil demonios. Leopoldito lleva su perro, María su gatita de Angora y Gustavo una jaula de pájaros para un amigo. Hay que pensar hasta en lo que han de comer por el camino esos irracionales... ¡Y todo esto en un solo departamento, que parecerá un arca de Noé! Felizmente conocemos al conductor, y María y yo, después que cenemos en Ávila, nos pasaremos a una berlina-cama... Llevo a Asunción... no puedo vivir sin mi doncella. Los bultos de mano, creo que no bajarán de veinticuatro. Yo no duermo nada si no llevo mis almohadas. A Agustín no hay quien le quite de la cabeza el llevar una jofaina para lavarse dos o tres veces en el camino. Mi maletita-tocador no se puede quedar atrás, porque no me gusta llegar a las estaciones hecha una facha. Leopoldito lleva su tablero de damas, el bilboquet, la cuestión romana, su pistolita de salón y una cartera donde apunta todos los túneles y la hora que es en todas las estaciones. Gustavo carga con media docena de librotes para ir leyendo por el camino; y el maula de mi marido, que sólo piensa en su comodidad, se enfurece si le faltan las zapatillas, el gran gorro de seda, el cojín de viento... A todo tengo que atender, porque no podemos tener un criado para cada uno. Esos tiempos pasaron, ¡ay!, y se me figura que no han de volver.

XXXVII

Un fuerte abrazo dio la marquesa a D. Francisco, deseándole con toda el alma completo restablecimiento; besó a los niños, y por último, se despidió de su amiga en la puerta con toda suerte de mimos y caricias.

Triste y desconsolada se quedó Rosalía, no sólo por la ausencia de la amiga más querida, sino por su propio confinamiento, por aquel no salir, que era como un destierro. ¡Bonito verano la aguardaba, sola, aburrida, achicharrándose, sufriendo al más impertinente y cócora de los maridos, pasando, en suma, el sonrojo de permanecer en Madrid cuando veraneaban hasta los porteros y patronas de huéspedes! Tener que decir: «no hemos salido este verano» era una declaración de pobreza y cursilería que se negaban a formular los aristocráticos labios de la hija de los Pipaones y Calderones de la Barca, de aquella ilustre representante de una dinastía de criados palatinos. ¡Si al menos fueran unos diítas a la Granja, donde Su Majestad les proporcionaría algún desván en que meterse y donde podrían darse un poco de lustre, aunque sólo llevaran por equipaje unas alforjas con ración de tocino y bacalao, como los paletos cuando van a baños...! Pero no, aquel califa doméstico rechazaba indignado toda idea de perder de vista la Villa y Corte, hablando pestes de los tontos y perdidos que veranean con dinero prestado, y de los que se pasan aquí tres meses a cuarto de pitanza por el gusto de vivir unos días en fondas y darse importancia poniendo faltas a lo que les dan de comer en ellas.

Aquella aspereza matrimonial de que se hizo mención más arriba se fue poco a poco suavizando. Ni era Bringas intolerante en un grado superlativo, y aunque lo fuese, sabía sacrificar a la paz conyugal alguna parte de sus dogmas económicos. Las explicaciones que Rosalía dio de aquel improvisado lujo no le satisfacían completamente; pero con un esfuerzo de buena voluntad supo admitir el gran economista algunas de ellas. La fe de su religión matrimonial le mandaba creer algo inexplicable, y lo creyó. Si Rosalía no hubiera pasado de allí, la paz, después de aquella alteración pasajera, habría vuelto a reinar sólidamente en la casa; mas la Pipaón no sabía ya contenerse, y el hábito de eludir secretamente las reglas de la Orden bringuística estaba ya muy arraigado en su alma. Proporcionábale este hábito, además de las satisfacciones de la vanidad, un placer recóndito. Quien por tanto tiempo había sido esclava, ¿por qué alguna vez no había de hacer su gusto? Cada una de aquellas acciones incorrectas y clandestinas le acariciaba el alma antes y después de consumada. La conciencia sabía sacar, no se sabe de dónde, mil sofisterías con que justificar todo plenamente. «Bastantes privaciones he tenido... ¿Pues acaso no merezco yo otra posición?... Se tendrá que acostumbrar a verme un poco más emancipada... Y al fin y al cabo, yo miro por el decoro de la familia...».

Lo que más conturbaba su espíritu en aquellos primeros días de soledad y calor era la necesidad de volver a poner el dinero en la arqueta. Milagros no le había dado todo. ¿De dónde sacar lo que faltaba? Al instante se acordó de Torres, y desde que tuvo ocasión de ello, hízole una indicación discreta. «Él no tenía; ¡qué lástima! Si algún amigo suyo tuviera... En fin, al día siguiente la contestación». A nuestra amiga no se le cocía el pan hasta saber la respuesta de Torres, porque a cada momento creía próxima la catástrofe, la cual sería grande, fuerte e inevitable, desde que Bringas registrase su tesoro. Por fortuna o por especial intervención de los santos y santas a quienes la Pipaón invocaba, aún no se le había ocurrido al buen hombre levantar la tapa del doble fondo. ¡Pero cuando lo hiciera...! Y ya no valía el arbitrio de los papeles que imitaban con grosero arte los billetes, porque el ratoncito veía, aunque mal, y no era posible que se fiase sólo del tacto para hacer el arqueo de su caja. Sobre ascuas estuvo la dama todo el día 31 y parte del inmediato, hasta que Torres le dio esperanzas de remedio. Empezó poniendo dificultades, ponderando lo que había trabajado para hacer comprender la conveniencia del préstamo a su amigo. El cual era un tal Torquemada, hombre que no daba su dinero sin garantía. En aquella ocasión, no obstante, en obsequio a Torres, no exigiría la firma del marido en el contrato, pues la de la señora bastaba... No podía hacer el empréstito más que por un mes, con fecha improrrogable, y dando cuatro mil reales se haría el pagaré de cuatro mil quinientos. ¡Ah!, de los cuatro mil se deducirían doscientos reales de corretaje...

Los cielos abiertos vio Rosalía cuando Torres le dio estas noticias, y todo pareciole poco, rédito y corretaje, para el gran favor que se le hacía. Con los tres mil ochocientos reales tendría bastante para su objeto, y aun le sobrarían unos seis duros para algo imprevisto que ocurriese. Todo quedaría arreglado al siguiente día 2 de Agosto.

Y el tiempo apremiaba, y el peligro era inminente, como se verá por esta frase de Bringas, textualmente copiada:

«Hijita, mañana me manda Golfín la cuenta y habrá que pagársela pasado mañana 3. Él se marcha el 4, según me ha dicho hoy. Me tiemblan las carnes cuando pienso que ese señor me va a tomar por hombre de posibles. ¿Cuánto me pondrá? ¿Se te ocurre a ti? Yo he pensado en eso toda la noche, y he tenido pesadillas como las de Isabelita... Y hoy me dijo Golfín una frase que me dio escalofríos... Lo que te digo; me estás perdiendo con el lustre estrepitoso que te das... Pues mira que me hace gracia... cuando no sé si quedaremos mal con el doctor, que este me diga... así, con ese tonillo impertinente... «Sr. D. Francisco, ayer vi a su señora salir de misa de doce en San Ginés... ¡Siempre tan elegante!...». Pues tu dichosa elegancia va a ser el cuchillo con que ese hombre me va a segar el cuello».