—Celestina—dijo la mellada en tono amistoso—, ¿y yo no me peino hoy?
La otra explicó su tardanza con lo mucho que tenía que hacer. Todo estaba aún sin arreglar, el gabinete como una leonera, la alcoba lo mismo... Cuando Refugio acabó de tomar su café y Celestina empezaba a poner algún orden en el gabinete, Rosalía, no pudiendo refrenar su impaciencia, cerró con estrepito el abanico...
«Debe de ser muy tarde. Las tres menos cuarto quizás».
—Lo peor de todo—dijo Refugio, jugando con su víctima—, es que... Ahora me acuerdo... Si no puedo, no puedo darle a usted nada. Ya se me había olvidado que hoy mismo, esta tarde misma, tengo que pagar dos mil y pico de reales.
Rosalía creyó firmemente que una culebra se le enroscaba en el pecho, apretándola hasta ahogarla. No tuvo fuerzas para decir nada. Hubiérase abalanzado a la miserable para clavarle en aquella cara diablesca las diez uñas de sus extremidades superiores. Pero esto que algunas veces se piensa y se desea, rara vez se hace. Levantose... Sólo pudo articular un sonido gutural, débil expresión de su ira, atenazada por la dignidad.
«Está jugando conmigo como un gato con una bola de papel...—pensó—. Me voy; si no, la ahogo...».
—Aguarde usted—dijo Refugio—. Se me ocurre una cosa. Basta que haya prometido socorrer a usted, para que no me vuelva atrás. La palabra de una Sánchez Emperador es palabra imperial... Y sobre todo, tratándose de la familia...
«Suelta la familia de tu boca asquerosa»—le hubiera dicho Rosalía.
—Pues se me ocurre que puedo pedir eso a una amiga.
—¿Pero te haces cargo de la hora que es?—dijo la de Bringas, recobrando la esperanza.