—Si vive muy cerca de aquí, en la calle de la Sal...

—¿Pero te estás con esa calma?

—Quia... Tendré tiempo de peinarme. ¡Celestina!

—Mujer... no tienes tiempo.

Refugio se levantó. Rosalía, dando algunos pasos hacia ella, cogió el vestido y lo ahuecó, haciendo ademán de ponérselo...

—Échate este vestido... te pones un manto, un pañuelo por la cabeza...

Refugio pasó a la alcoba. Desde ella dijo: «¿mi corsé?» y la de Bringas corrió a llevárselo, y le ayudó a ceñírselo. Cuando estaban en tal operación, la taimada se dejó decir esto:

«Bien podía el Sr. de Pez librarla a usted de estas crujías... Pero no siempre se le coge con dinero. Tronadillo anda el pobre ahora...».

Rosalía no dijo nada. La vergüenza le quemaba el rostro y le oprimía el corazón. Lo que hizo fue apretar el corsé y tirar furiosamente del cordón, como si quisiera partir en dos mitades el cuerpo de la diablesa.

«Señora, por Dios, que me divide usted... Yo no me aprieto tanto. Eso se deja para las gordonas que quieren ponerse un tallecito de sílfide... Qué le parece, ¿me peinaré?».