—No... recógete el pelo con una redecilla, con una cinta... Así estás muy bien... estás mejor... con esa melena alborotada... Pareces una Herodías que hay en un cuadro de Palacio... Vamos, avíate... súbete esos pelos... Mira que es muy tarde... A ver, yo te ayudaré.

Sentose Refugio, y la Bringas le arregló la abundante cabellera en un periquete.

«Vaya una doncella que me he echado...—dijo la de Sánchez, riendo—. ¡Tanto honor...!».

Y luego cuando parecía dispuesta a salir, se puso a cantar y a dar vueltas por el gabinete. Rosalía vio con terror que se sentaba en un sillón con mucha calma.

«¡Pero mujer!...»—exclamó la Bringas sulfurada...

Había en su cerebro un rebullicio como el de los relojes de pared momentos antes de dar la hora. Y la otra con refinada calma dijo así:

«Hace mucho calor; no tengo ganas de salir».

—Pero tú... ¿juegas... o qué...?

—No se apure usted, señora, no se encabrite, no se encumbre—replicó la Sánchez—. Si se me viene con sofoquinas y con aquello de ordeno y mando, no hemos hecho nada. Usted en su casa, y yo en la mía. Los cinco mil reales... mírelos usted; aquí están. Por no salir se los voy a dar, y yo buscaré lo que necesito.

XLVIII