Como, a pesar de esto, no se los ponía en la mano, Rosalía estaba en ascuas.
«Y le voy a dar un consejo—prosiguió la miserable—, un buen consejo, para que vea que me intereso por la familia. Y es que no ande en líos con Doña Milagros, que es capaz de volver del revés a la más sentada. Métase en su rincón, a la vera del pisa-hormigas, y déjese de historias... No vaya más a casa de Sobrino y créame. Es mucho Madrid este. No se fíe de los cariñitos de la Tellería, que es muy ladina y muy cuca».
Rosalía daba cabezadas de aquiescencia. Por fin, la Sánchez puso en su mano los billetes... ¡Oh!, ¡qué descanso sintió en su alma la desdichada señora!... Por si a la diablesa se le ocurría quitárselos, decidió marcharse sin tardanza.
«¿Qué, se va usted?».
—Es muy tarde. No puedo perder ni un minuto. Ya sabes que te lo agradezco mucho. ¡Ah!... ¿Quieres que hagamos un recibito?
—No hace falta—dijo Refugio con arranque, echándoselas de noble y desprendida—. Entre personas de la familia... ¡Ah!, esta tarde le mandaré el sombrero y las demás cosillas.
—Como quieras...
—Aguarde un momento, que le voy a decir una cosa.
—¿Qué?—preguntó Rosalía aterrada otra vez.
—Le voy a contar lo que dijo de usted la marquesa de Tellería.