«Vengo a tener el gusto de saludar a la señora archiduquesa—dijo este, sombrero en mano, con ceremoniosa cortesía—. Bien se ve que estamos ya en plena aristocracia. Esta noche se queda usted en casa; quiero decir, que recibe usted a sus amigos...
—Toma—le dijo Isidora ofreciéndole una bellota—. Es lo mejor que te puedo ofrecer.
—Gracias, marquesa—repuso Miquis sentándose—. Es delicioso el obsequio. Vamos a cuentas y hablemos con seriedad. ¿Por qué no cenas con nosotros?
—Nosotros—manifestó Isidora ahogada por la pena y el despecho—no somos dignos... Vete, vete pronto. Te esperan. Ya han sacado la sopa de almendras.
—¡Ay, chiquilla! ¡Cuánto más me gustan tus bellotas!... Pero no llores. De buena gana te acompañaría... Pero es tan tiránica la sociedad...
—Vete, vete... Mi hermano y yo cenamos solos. Ya ves... Estamos tan contentos... Mejor es así. Cada uno en su casa».
Augusto la contempló en silencio, asombrado de su hermosura, que cada día iba en dichoso aumento, enriqueciéndose con un encanto nuevo.
«Aquí viene bien aquello de a tus pies, marquesa»—dijo, levantándose.
Y luego, volviendo la vista para observar con una mirada en redondo todo el cuarto, añadió:
«Estás perfectamente instalada, marquesa. Magnífico gabinete. Aquí los arcones de roble; ahí el gran armario de tres lunas. Cuadros de Fortuny, tapices de los Gobelinos, porcelanas de Sèvres, y de Bernardo Palissy... Muy bien. Bronces, acuarelas...».