Mariano le miraba con cierto espanto. Isidora entreveraba de sonrisas su pena profundísima. Pero se sintió herida en lo más vivo de su alma cuando Miquis, después de transformar el humilde cuarto en aristocrático gabinete, dijo con el mismo tono de encomio:
«Bien se conoce en esta rica instalación el buen gusto del marqués viudo de Saldeoro. Adiós, marquesa. Ceno en el palacio de Relimpio».
—III—
Cuando Augusto se marchó, quedose Isidora meditabunda, clavados los ojos en su propia falda.
«¿Quién es ése?—le preguntó Mariano.
—Un tipo, un mequetrefe—repuso ella sin mirar a su hermano, señales claras por donde manifestaba estar aún dentro de la esfera de atracción del pensamiento que la dominaba.
—Dame más turrón, marquesa—exclamó el muchacho.
—¿Por qué me llamas así?—preguntó Isidora bruscamente, despertando de su mental sueño.
—¿Es apodo? ¡Puño!... ¿Y por qué te pone motes ese gatera?
—Mariano, cuidado cómo se habla.