—¡Se burla de ti!—gritó Pecado con aquel arrebato de infantil fanfarronería que en él parecía cólera de hombre.

—Yo te juro que no se burlará más»—dijo ella con los ojos húmedos de lágrimas.

Mariano la miró, diciendo:

«Tonta, no ha sido para tanto... Las mujeres lloran por cualquier cosa. Que venga a mí con bromas; verá cómo le saco las entrañas...

—Mariano, loco, bruto y salvaje—gritó ella, despertando otra vez en su letargo de pena y despecho—. Si te oigo hablar así otra vez...

—No dije nada, nada... Dame turrón».

La algazara de la sala crecía, y por las palabras sueltas, los plácemes y exclamaciones que de ella hasta el cuarto de los Rufetes llegaban, así como por los olores culinarios que invadían toda la casa, se podía saber a qué altura andaba el festín. Se sintió sucesivamente la aparición del besugo, la del pavo, aclamado con palmoteo y vivas. Don José lo recibió cantando la Marcha real. Después se oyeron las ruidosas cuestiones a que dio motivo el gran acto de trincharlo. Las risas sucedían a las risas, y los comentarios a los comentarios. Al mismo tiempo se conocían los efectos del Valdepeñas y del Cariñena en la torpe lengua del ortopédico, que desgranaba las palabras, y en el entusiasmo anacreóntico de D. José Relimpio, que no decía cosa alguna derecha y con sentido.

La criada entró en el cuarto de Isidora, trayendo un plato con varias lonjas de pechuga y un poco de relleno. Encendiéronsele a Mariano con luces mil los ojos, y no parecía sino que cada destello de su mirar era un largo tenedor; pero Isidora, en quien el orgullo no daba lugar al agradecimiento ni al perdón, vio con repugnancia aquel tardío obsequio. Aunque comprendió que este había nacido en el bondadoso corazón de Emilia, siempre veía en él como un mensaje de lástima. Rechazó la fineza diciendo:

«Que muchas gracias y que no queremos nada.

—Chica, chica, tú eres tonta—gruñó Mariano con su rudeza propia, exacerbada hasta el salvajismo.