«Me han asegurado—dijo—que usted pretende pasar por hija de mi desgraciada Virginia. ¿Es cierto que usted lo cree así?

—¡Oh!, ¡que si lo creo!—exclamó Isidora echándose a llorar—. Si no lo creyera, no viviría...

—Parece—indicó la marquesa—que esa creencia en usted es sincera; parece que es una convicción arraigada y profunda... No puede usted figurarse—añadió con cierto cariño—lo que me ha dado que pensar esta idea de usted. Cuando me escribieron dándome cuenta de una joven que se llamaba mi nieta, estuve muchos días preocupada con esto... He tenido mucha curiosidad de ver a usted..., y ahora que la veo, no puedo negarle que me interesa un poco. Si la apariencia, si el semblante son indicios de la condición moral de las personas, desde luego aseguro que al declararse usted nieta mía, no la ha movido ningún interés maligno. Usted es sincera y honrada, usted tiene la convicción...

—Señora—exclamó Isidora cayendo de rodillas a los pies de la aristócrata—. La voz de la sangre me ha llamado hace tiempo; la voz de la sangre me pone ahora a los pies de la madre de mi madre».

Le besó las manos con religioso respeto. Y el alma se le iba tras los besos, con la más santa y sincera afección que es dado imaginar. Pero aquellas manifestaciones tan extraordinariamente expresivas, lejos de enternecer a la marquesa, la provocaron a recoger su ánimo, y dijo con sequedad:

«Pero ¿qué es esto?... Levántese usted, hija... No puedo consentir... Usted no me ha entendido bien...».

Isidora se levantó. Creía que la marquesa quería llevar las cosas por el terreno de las explicaciones frías antes de entregarse a las expansiones del sentimiento.

«Usted no me ha entendido bien—replicó la de Aransis, viendo cómo Isidora se enjugaba las lágrimas luego que se sentó—. He dicho tan sólo que usted, por la manera de expresarse, por cierto sello de honradez y bondad que noto en su fisonomía... (es usted muy hermosa...) me ha parecido desde un principio digna de interés y consideración. Usted sin duda no ha venido aquí a representar una comedia; usted se declara hija de mi desgraciada hija porque así lo cree, fundada en motivos y circunstancias que ignoro; pero de eso, a admitir que usted tenga razón, hija mía, hay inmensa distancia, y así, señorita, no puedo menos de manifestar a usted con la seriedad que exige el caso, que está usted completamente equivocada».

Si a Isidora le hubieran dejado caer de un golpe sobre el corazón todas las cataratas del Niágara, no habría experimentado sensación más dolorosa de choque duro y frío. Quedó convertida en estatua, y sus lágrimas se secaron, evaporadas por el vivo calor interno que le salió a los ojos. ¡Completamente equivocada! Decirle esto a ella era lo mismo que decirle: «Tú no existes, tú eres una sombra; menos aún, un ente convencional». ¡Tan profundas raíces tenía en su alma aquella creencia!

«Yo no sé—prosiguió la marquesa con frialdad—cómo ha llegado usted a adquirir ese absurdo convencimiento; no sé, ni quiero saberlo, por qué serie de circunstancias, de qui pro quo y de falsas apariencias, ha llegado usted a creerse nacida de mi desgraciada hija. Ignoro si en su error ha obrado, como causa, una mala inteligencia, o la astucia de seres malignos que esperan sacar ventaja de estas cosas; lo que sí puedo asegurar a usted, y lo aseguro porque lo sé, es que ha sido usted atrozmente engañada, hija mía, y espero que no insistirá en ello después de lo que acabo de manifestar».