Pedir a Isidora que no insistiera, era como pedir al sol que no alumbrase. Era toda convicción, y la fe de su alto origen resplandecía en ella como la fe del cristiano dando luz a su inteligencia, firmeza a su voluntad y sólida base a su conciencia. El que apagase aquella antorcha de su alma, habría extinguido en ella todo lo que tenía de divino, y lo divino en ella era el orgullo. Al oír a la marquesa creía escuchar los términos más terribles de la injusticia humana. La pena que con esto sintiera la colmó de confusión y espanto en los primeros momentos; pero después su orgullo contrariado se hizo brutal soberbia. Su ira surgió como una espada que se desenvaina, y le dio concisa elocuencia para decir:
«Por Dios que nos oye, juro que soy quien soy, y que mi hermano y yo nacimos de doña Virginia de Aransis. Se nos podrá arrebatar lo que es nuestro; se nos podrá negar nuestro patrimonio y hasta nuestro nombre; pero Dios, que conoce nuestro derecho, nos defenderá.
—En vista de esa terquedad—dijo la marquesa esforzándose en no llevar la cuestión a un terreno dramático y en huir de las declamaciones—me arrepiento de haber hecho a usted la justicia de creerla sincera y sin malicia. Una vez para siempre digo a usted que de los dos niños de mi infeliz hija, la hembra murió, el varoncito vive y está a mi lado. Si insiste usted en traer a mi casa esas farsas estudiadas, o capítulos de novelas, me veré obligada a tenerla a usted o por impostora o por demente...
—Tengo documentos—exclamó Isidora mostrando sus papeles.
—No quiero verlos. Supongo qué pruebas son esas. Yo las tengo clarísimas para probar lo que he dicho.
—Y yo..., ¡yo también probaré!—balbució Isidora con el corazón, hecho pedazos, en los labios—. ¡Ah! ¡Qué desgraciada soy, señora! Yo me muero».
Rompió a llorar con tanta amargura, que la marquesa, la bondad misma, tuvo lástima de ella.
«He empleado con usted palabras muy duras—le dijo—. Pero usted ha tenido la culpa, hija mía. Usted ha sido engañada. No será quizás impostora. Hablará usted de buena fe; pero han abusado miserablemente de su credulidad y de su inocencia... Usted parece buena... Confiéseme sus penas, porque penas hay, lo sospecho. ¿Quién ha metido a usted en la cabeza esas historias? Cuénteme usted todo. Después, si necesita algo, si usted se ve en alguna necesidad...
—Hasta aquí he vivido arrojada de mi casa, de mi posición, privada de mi verdadero nombre. Si no se me restituye lo que desde que nací me pertenece, nada quiero. Pido justicia, no limosna».
La marquesa no creyó deber prolongar un coloquio de aquella especie. Las últimas palabras de Isidora tocaban en la insolencia. Levantose, y mirando a la pobre joven con más lástima que cólera, le dijo: