«¿Pero a dónde vamos, hija?»—preguntó Relimpio viendo que andaban y desandaban calles, subían costanillas, y divagaban pasando muchas veces por un mismo sitio.
Isidora no le contestaba y adelante seguía, llevándolo como rodrigón. Ella miraba al suelo, él el cielo. Sin saber cómo, halláronse en las Vistillas. Caía la tarde. Don José llamo la atención de su ahijada hacia la magnificencia del crepúsculo que desde aquel despejado sitio se gozaba; alzó los ojos ella y miró, arrojando un suspiro tan grande sobre el inmenso paisaje que a su vista tenía que parecía querer llenarlo de tristeza. Como Isidora siempre trataba de encontrar armonías entre su estado moral y la Naturaleza, la hermosísima retirada y apagamiento del día no eran extraños al occidente que había en su alma. Los destellos de oro fundido iban palideciendo poco a poco, o se hundían dejando tras sí un rastro pálido y verdoso. A la derecha, la sierra azul, de masa uniforme y sin contornos, se alejaba, desvaneciéndose en el fondo del firmamento, donde al fin quedaría como el espectro de un mundo. Marcábanse las curvas del río por jirones de niebla desvanecida, vellones sueltos, que se iban reuniendo hasta formar un velo salpicado de motas blancas, o sea la ropa de los lavaderos.
«¡Qué feísimo es esto!»—murmuro Isidora con ira que indicaba cierta hostilidad contra la Naturaleza.
Entonces el patriarcal D. José se puso a admirar la belleza del cielo, que estaba limpio, azul, profundo, expresando como nunca la proyección abovedada del pensamiento humano. La luna nueva, como una hoz de plata, caía del lado del Poniente, precedida de Venus. Apenas, en lo restante del firmamento principiaba a verse una que otra estrella como el vago apuntar de la idea en el cerebro. Don José desparramó su vista por toda la redondez de arriba, y apuntando con suficiencia de astrónomo a un astro que brillaba más a cada instante, dijo lacónicamente:
«¡Júpiter!».
Isidora también miro, pero con escarnio y desdén.
«¡Qué horrible está la luna!»—murmuró.
Y la comparó al corte de una uña. Volviéndose a su embelesado padrino, que osó hablar de distancias y magnitudes siderales, le dijo con mucha displicencia:
«¿Y qué tengo yo que ver con Júpiter?... ¿Qué me va a dar a mí Júpiter?».
Bajaron a la calle de Segovia, ella delante, detrás él.