«A ti te pasa algo... ¿Qué tienes?—le dijo el maestro de Teneduría.

—¡Qué le importa a usted! Si no quiere usted acompañarme, puede dejarme sola.

—¡Pues no faltaba más!... Hasta el fin del mundo...».

Una sombra lúgubre que sobre la calle se proyectaba les hizo alzar la vista, y vieron la mole del viaducto en construcción, un bosque de andamios sosteniendo enorme enrejado de hierro.

«Cuando este puente se acabe—dijo Relimpio en tono de mucha autoridad—, no servirá sino para que se arrojen de él los desesperados».

Isidora miró con desprecio al puente, y repuso:

«¡Quia! Eso es muy bajo».

Subieron por la calle adelante. De una taberna, donde vociferaban media docena de hombres entre humo y vapores alcohólicos, salió una exclamación que así decía: «Ya todos somos iguales», cuya frase hirió de tal modo el oído, y por el oído el alma de Isidora, que dio algunos pasos atrás para mirar al interior del despacho de vinos.

«Se confirma lo que esta mañana se decía—murmuró D. José demostrando una gran pesadumbre—. El Rey se va, renuncia a la corona, y a mí no hay quien me quite de la cabeza que es la persona más decente...

—Todos somos iguales»—afirmó Isidora repitiendo la frase.