Abriose de pronto la puerta de la sala, y entró... nada menos que la Sanguijuelera.
«Gracias a Dios que viene usted, tía—le dijo Isidora reconviniéndola—. Siéntese usted; tenemos que hablar detenidamente.
—¡Hablar detenidamente!—exclamó la vieja puesta en jarras—. No digas más; ya entiendo tus detenidamentes. Ya sé que es para pedir dinero. Sí, en cuanto llegó a casa tu D. José y vi su cara de carnero a medio morir, dije: «Ojo al Cristo...». Pues mira, hija, toca a otra puerta».
Isidora, harto afligida, no pudo seguir a su tía por el camino de las bromas. Con la concisión de los grandes apuros, dijo que era cuestión de vida o muerte para ella reunir en aquella mañana cierta suma, y que contaba con la generosidad de su tía, a quien otras veces había pedido caudales, reembolsándoselos con buenos intereses.
«Cierto que te he consolado; cierto que me has pagado; pero no lo hay. Ya sabes que aquí murió el fiar... Pues sí; que están unos tiempos divinos... Pero di, quimerilla, ese hombre, ese hombre, ¿en qué piensa que no te da...?
—Lea usted—replicó Isidora alargando la carta con un gesto y tono que se usan mucho en los dramas.
—¡Oh!, no; ya sabes que me estorba lo negro.
—Pues dice... En fin, hemos reñido. Él está mal. Probablemente tendrá que irse con un empleo a La Habana... ¿Qué le parece a usted eso?
—Sopas en queso. ¿A mí qué más me da que se vaya a La Habana o a Sierra—Ullones, o al Infierno?
—En fin, hemos reñido. Todo se acabó. No hablemos más de eso. Hoy tengo un gran compromiso.