—¡Anda, anda, frutilla temprana!... ¡En la que te has metido!—dijo Encarnación encendida de ira—. ¿Y qué vas a hacer ahora? Ya no tienes salvación, ya estás perdida. Bien me lo temí y bien te lo dije cuando te vi en estos andares. Yo tengo mucho mundo—añadió señalando del modo más insinuante su ojo derecho—; aquí dentro hay mucho quinqué. Pues, claro, a esto habías de venir a parar. Ahora empiezas, ahora. ¡Y quieres que te dé dinero!... Anda, anda, castaña pilonga, que otra cosa podrá faltarte ahora; pero dinero... No, no cuentes con tu tía; no te acuerdes más de esta perla vieja de la honradez».

Las groserías de su tía Encarnación enfadaban atrozmente a Isidora. Queriendo concluir pronto, expuso en términos tan concretos como pavorosos su situación, y luego hizo una protesta enérgica de sus ideas morales. Ella quería y se proponía ser honrada. Las reticencias de su tía la herían en lo más vivo del alma.

«No vengas con andróminas—replicó la cacharrera—. Tú podrás tener buenas ideas; pero has dado el pasito, y ya no puedes volver atrás. ¡El pasito, hija! ¡Repuñales! De todo tiene la culpa ese hombre, ese hombre... Es un lameplatos. Siento que no esté aquí para despotricarme con él y decirle las del barquero... Total, chica, que yo no tengo un real partido por medio.

—No, no creo que usted me vea en tales agonías y no me favorezca.

—¿Yo?... ¿Y de dónde lo voy a sacar?

—Del arca.

—No estás tú mal arca de Noé.

—¡Tía!

—¡Si debes más que el Gobierno; si te has metido en unos belenes...! Suponte tú, y es mucho suponer, que yo, echando por zancas y barrancas, arañando aquí y allá, reúna mil reales...

—Mil reales es muy poco.