—¿Pues qué?... ¿Creías que te iba a dar un ojo de buey?—gritó la vieja riendo a todo reír—. ¡Mira ésta!...
—Yo quería lo menos dos mil—dijo Isidora con terror.
—¡Jo... sús! ¡Los dos mil los tienes tú en el canto de la memoria! Yo los quisiera para mí. En fin, y mismamente..., si me prometes devolvérmelos pronto, podré buscarte mil... ¡Ay! arrastrada, ¿en qué gastas tú el dinero? Si hubieras hecho lo que yo te aconsejé... Yo te decía: «Guarda, aprovéchate; sácale a ese hombre el redaño y ve poniendo en el Monte para el día de mañana...». Pero tú, grandísima pandorga, con gastar y gastar... Aquí parece que siempre está la gata de parto, según se gasta y derrocha.
—¡Tía, dos mil!
—Dos mil puñales...
—Ande usted...
—No, no te caerá esa breva.
—No la dejaré a usted en paz hasta que me los dé...
—Trabajo tienes... Ganas de trasquilar la marrana.
—Pues vengan los mil; pero pronto, al momento».