Instantáneamente formó Isidora un plan distinto del que había hecho contando con los dos mil.
«Te los traeré para las doce. ¡Ay! ¿En qué parará esto?...
—Antes de las doce, si puede ser. Váyase usted pronto para que vuelva pronto... Coja usted un coche.
—Venga la peseta.
—Tome usted la peseta.
—Otra para el papel del recibo..., porque no te pienses que te los voy a dar sin recibo.
—¿Otra peseta?... Ahí va. Váyase usted pronto. ¡Ay!, ¡qué día está!—dijo Isidora mirando con tristeza al balcón, cuyos cristales, azotados por la lluvia, sonaban con estrépito de perdigonada.
—¡Si fueran monedas de cinco duros...! Voy a dar un beso a Riquín.
—Después, después.
—¡Jo... sús! ¡Qué prisa!... Agur, agur».