—El calabrote está en la calle del Clavel—manifestó Relimpio con el aplomo de un agente de Bolsa, que tiene en la memoria las colocaciones de fondos realizadas en todo el año.

—Es verdad... ¿Y el brillante?

—También, hija. ¿No te acuerdas? Lo llevé el mes pasado. Del Monte ha de haber cinco papeletas.

—Justo, cinco... Hay además ocho...

—Tu reloj... Si no recuerdo mal, está en treinta duros. ¿Pero qué te pasa hoy? ¿Vas a sacar todo?

—¿A sacar?—repitió Isidora, herida por aquella ironía como por un porrazo.

—¿Qué cálculos haces?».

Isidora se auxiliaba de sus dedos para calcular. La tersura y fineza de aquellas extremidades de sus manos indicaban no estar ocupadas ya más que en trabajos matemáticos.

«Ya comprendo, hija—dijo él entre dos suspiros.

—¿Cuánto darán por esto?—preguntó ella, mostrando aquellas cédulas que por su nombre debían ser montaraces.