—Eso no puedo decirlo. Se las llevaré a Rodríguez, el de la calle de Cádiz. Es amigo mío...; buena persona. Por papeletas, ya sabes que no se corren mucho».
Isidora se llevó las manos a las orejas.
«¿Tus pendientes?... Espera, te vas a hacer daño. Yo te los destornillaré».
Y con suma delicadeza realizó la operación, gozoso de que sus dedos jugaran, siquiera por un momento, con los pulpejos de las orejitas de su ahijada.
«Ya están aquí.
—Pongámoslos en el estuche.
—Estos te los regaló cuando vino al mundo Riquín. Por estos te darán... darán...».
Se cogió entre los dedos el labio inferior, y moviendo la cabeza y hundiendo la barba en el pecho, metía los ojos debajo de las cejas.
«En fin..., yo hablaré con Rodríguez... Es amigo mío..., buena persona.
—¡Dos mil quinientos!—murmuró la joven ensimismada en sus cálculos, como un calenturiento sumergido en el doloroso caos de su estupor febril.