—La semana que entra—declaró Isidora—vendo la sala.
—¡Vendes la sala!
—Sí. Pásese usted luego por casa de la prendera. Que venga a verla. Veremos lo que da».
Después echó una mirada de cariñoso desconsuelo al armario de luna.
«¿Y el armario también?
—También.
—¿Y la cama dorada?».
Isidora meditó un rato. Después dijo:
«No; me quedo con la cama».
En esto andaban cuando reapareció la Sanguijuelera. Entró sacudiéndose el mantón, calado de agua.