«¡Jo... sús, qué tiempo! Llueven capuchinos de bronce.

—Pero ¿no ha venido usted en coche?

—¿Por quién me tomas, tonta? La peseta del coche es para mí, por el mandado. Tengo más salud que el Botánico, hija, y ando más que un molino de viento... Conque toma... Cuatrocientos y cuatrocientos son ochocientos... Nueve duros en plata...

—Falta un duro.

—¡Reparona! ¿Qué más da?

—Son novecientos ochenta—declaró D. José, haciendo gala de su saber de cuentas.

—¿Quiere usted callar?... Usted, Sr. D. Pepe, no tiene que poner su carne en este garfio.

—La equidad, amiga D.ª Encarnación...

—¡Amiga, doña!... Diga usted, tío Lilaina, ¿en qué bodegón hemos comido juntos? ¿Se quiere usted meter en sus cosas y dejarme a mí?

—Falta un duro—repitió Isidora.