—Total, que no he podido reunir más. Aquí está el papel para el recibo... Pon mil doscientos reales para el mes que viene.

—Mejor será para el otro mes.

—Mira, mira, no pintes el diablo en la pared. Pon el mes que viene».

Don José empezó a extender el recibo.

«Bien clarito, señor escribano... ¡Hola, hola!, ¿está aquí tu Holofernes?... ¡Vida! ¡Gloria!».

Había entrado Riquín paso a paso, porque sus piernas eran cortas y débiles. Se le había desatado el faldellín, corriéndose por la cintura abajo. Estaba, pues, en traje talar que le arrastraba, y por los bordes de él asomaban sus patitas vacilantes. Traía empuñado en ambas manos el bastón de D. José, y caminaba derecho a la Sanguijuelera, todo risas y alegría, con la evidente intención de darle un palo. Ella se dejó pegar, le cogió luego en brazos y le dio tantos y tan sonoros besos, que el muchacho empezó a gruñir y a defenderse a cabezadas.

«Dale un palo a tu madre; anda, pégale...

—No, no, no se pega—dijo Isidora, atándole en su sitio la falda—. No le gusta más que pegar. En las piernas no tiene fuerzas; pero en los brazos...

Riquín, hijo mío, dile: «Yo voy a ser un hombre de puños...». ¡Leña a ella!... Como te coja... Cuidado como riñen a mi cabezudito.

—El médico me ha dicho que ahora se le desarrollará bien el cuerpo—afirmó Isidora contemplándole con satisfacción de madre.