—Pues si no... ¡Y qué bonito es, qué rico, qué galán! ¡Le quiero más...! ¡Qué tonta soy! Me da rabia conmigo misma. Desde que veo un mocoso, ya se me cae la baba».
Isidora reía. Cogió a Riquín y le hartó de besos.
«¡Pobrecito mío! Todos han de tener que decir algo sobre si tiene la cabeza grande. Pues yo digo que la tiene toda llena de talento.
—¿Sabes lo que te digo?—manifestó la Sanguijuelera en tono de misterio—. Pues digo que este chico es el Anticristo. No te rías. Sí; por lo que sabe, parece que tiene cuatro años.
—No, mi niño no es un fenómeno; mi niño no es el Anticristo—dijo Isidora oprimiendo contra su garganta aquella cabeza, mayor de lo conveniente, pero muy hermosa.
—Te digo que este chico ha venido al mundo para alguna tremolina. ¿Ves esa cabeza? ¡Pues dentro debe de traer una cosa...! Hija, tu pimpollo es cosa mala.
—No diga usted disparates.
—Anticristo o lo que seas—exclamó Encarnación volviendo a tomarle en sus brazos—, me tienes boba. Te voy a comer».
Y estallaban los besos como cohetes. En pie ya para marcharse, después de tomar su recibo, la Sanguijuelera, sin soltar a Riquín, dijo a Isidora:
«¡Pero qué alma tienes! Dijiste que le ibas a comprar un pandero, y no se lo has comprado... ¡Anda, mala madre! Yo se lo compraré, yo, yo. ¿Verdad, hijo?...