«¡A trabajar, a trabajar!—exclamó inundada de aquel entusiasmo que tan fácilmente se posesionaba de su alma.
—Yo te ayudaré. Si tuviéramos ahora la máquina... harías camisas de hombre...
—¿Camisas de hombre? Eso no me gusta.
—O ropa blanca de señoras... Cosa rica, cosa buena.
—Mejor sería... Yo pensaré.
—Confecciones, sombreros... ¿Qué tal? Tú tienes un gusto...
—Gusto sí.
—Consulta con Emilia. Ella te dará buenos consejos
—Yo lo pensaré; yo meditaré sobre esto y lo decidiré pronto. Ahora vamos a otra cosa. De nada vale el trabajo sin orden y economía.
—Perfectamente; muy bien pensado y dicho.—exclamó Relimpio, dando todo su asentimiento a tan hermosa idea—. Si no, acuérdate de lo que hacía mi pobre Laura con lo poco que se ganaba. Hacía milagros.