—Por consiguiente, de aquí en adelante, gastar poquito y, sobre todo, saber lo que se gasta, pues si no se sabe se equivoca una. ¿Creerá usted que en mi vida he apuntado una cifra? Todas mis cuentas las he hecho siempre con mi cabeza. Así ha salido ello.

—¡Oh! Malo, malo... La primera condición del orden es una buena contabilidad. La Providencia te ha deparado a uno de los hombres, no lo digo por alabarme, a uno de los hombres que no temen desafiarse con todo Madrid en Contabilidad y Partida Doble. Has hecho tu suerte, chica. Ya verás, ya verás qué libros.

—Todo lo apuntaremos—dijo Isidora, jugando con aquella idea, como un niño juega con una mariposa—. Se dice, por ejemplo: hay que gastar tanto; las cosas valen cuanto; y luego se apunta todo...

—Nada, te has salvado, chica. Vamos a ver. ¿Tomas criada?

—Pienso pasarme con Ramona.

—Admirable. Yo te auxiliaré en todo... Ramona es buena y humilde, pero algo torpe. Ya la despabilaremos. A fe que va a lidiar con tontos; ya, ya. Yo te la instruiré en dos palotadas. Mira, pon atención y verás cómo puedo ayudarte. Yo—dijo marcando por los dedos las distintas funciones que desempeñaría—te haré la compra; yo... te aviaré las luces; yo... te haré todos los recados que exijan cierta inteligencia, como cobrar cuentas, tomar localidades en algún teatro, etc...; yo coseré a máquina si decides comprar una; yo apuntaré en mis libros todos los gastos e ingresos, sin olvidar, sin perdonar ni el ochavo que se le da a un pobre; yo..., por último, cuidaré a Riquín y le pasearé y entretendré todo el tiempo que me dejen libres mis ocupaciones principales.

—Bueno, bueno.

—Y también entiendo de limpiar metales, de componer algo de carpintería; hasta de cocina entiendo un poco... Ea, señora—dijo restregándose las manos una con otra con tanta fuerza que a poco más saca lumbre—, empecemos. Disponga usted la compra de mañana.

—Un duro.

—Es un despilfarro. Vengan catorce reales. Yo me entiendo; basta de mimos. Comerá usted lo que haya.