—Dice este—repitió el oficial, que se pirraba por delatar los disparates de su amigo—que todos no son iguales y que él está ya cargado de ser pobre.

—No hay pobreza en la honradez, no hay honra como la del trabajo—afirmó Juan Bou incorporándose y dejando ver el esplendor lumínico de su ojo rotatorio, que parecía una rueda de fuegos artificiales—. ¡Pobre!¿Qué ere decir esto? Es una necedad, una... lucubración contraria a los grandes principios. ¿Tienes satisfechas tus necesidades? Sí. ¿Tienes hambre? No. ¿Estás vestido? Sí. Pues eres tan rico como el duque A o el conde B, o quizá más».

Y de este lenguaje sencillo y lapidario, que a la altura de Marco Aurelio le ponía, pasó por gradación suave a otro más acentuado, más enérgico, si bien no más elocuente, diciendo:

«Todo lo demás es superfluidad y lujo, es explotar al obrero, chupar su sangre, alimentarse de su sudor bendito, comerse los refinados manjares amasados con las lágrimas del pobre. Ved esos que andan por ahí, toda esa chuma de esos señores y holgazanes. ¿De qué viven? De nuestro trabajo. Ellos no labran la tierra, ellos no cogen una herramienta, ellos no hacen más que pasear, comer bien, ir al teatro y leer libros llenos de bobadas... Comparémonos ahora. Nosotros somos las abejas, ellos los zánganos; nosotros hacemos la miel, vienen ellos y se la comen. Nos dejan las sobras, nos echan un pedazo de pan, por lástima, como a los perros... Pero todo se andará, tunantes, todo se andará; vendrá la cosa y haremos cuentas, sí, la gran cuenta, el Juicio Final de la humanidad. ¡Oh, pillos!, también nosotros tenemos nuestro valle de Josafat. Allí se os aguarda. Allí estaremos. Con un pedazo de lápiz tamaño así, y un papel de cigarro, basta para hacer el gran balance. Es la liquidación fácil, porque es la última... y palante».

Mariano y su colega le oían absortos.

«Dice este—continuó el estampador, incansable en la denuncia—que él ha de poder poco o ha de soltar pronto la blusa.

—Vamos a ver—manifestó el maestro volviendo a su trabajo—; explícanos lo que tú piensas... ¿A qué aspiras tú? ¿Qué deseas tú?

—¿Yo?—dijo Mariano con terrible laconismo—. Tener dinero.

—¡Tener dinero! El dinero es una fórmula, un medio de cambio—declaró con olímpica suficiencia Juan Bou—. ¿Y si llega un día en que no haya dinero, en que no represente nada el dinero, porque las cosas, o mejor dicho, el servicio A y el servicio B se cambien directamente sin necesidad de ese intermediario?

—Chúpate esa—dijo por lo bajo el estampador a compañero.