—Sí, se suprimirá el dinero, que no sirve más que para negocios indecentes. Suprimiendo el numerario, quedarán suprimidos los ladrones... y palante».
Ambos abrieron medio palmo de boca.
«Pero el dinero—se aventuró a decir Mariano—no se ha de quitar hoy ni mañana...
—Quién sabe... La cosa está mal. Dicen que esto se va. Me escriben de Barcelona que se está trabajando...
—El dinero no se suprime—afirmó Pecado rebelándose tenazmente contra la incontrovertible sabiduría del maestro.
—Hombre, que sí.
—Pues yo quiero ser rico.
—¡Ser rico! ¿Y qué es la riqueza, bruto? Es una cosa convencional, acémila. Hay por ahí unos cuantos tunos que se comen lo que no es suyo, lo que es de todos, del común, y el día en que se diga: «Ea, bastante ha durado la mamancia...», va a ser bueno, va a ser bueno. Nosotros diremos: «A ver, señor duque de Tal, ¿de dónde sacó usted las tierras A y las dehesas B? Señor banquero Cuál, ¿de dónde sacó usted los millones A y B que tiene en el Banco?».—«Hombre, dirán ellos, pues yo...».—«Valientes pillos están ustedes, acaparadores, por no decir otra cosa...». Conque ya ves. No habrá entonces dinero, ni Banco, ni Bolsa; no habrá más que servicios mutuos, toma y daca. Que yo necesito un jamón, el comestible A o el comestible B: me voy a la tienda, y me encuentro que el tendero necesita etiquetas, anuncios. Pues ahí va, y venga. El sastre hará pantalones al zapatero, y el zapatero le hará zapatos al sastre. Es un organismo sencillísimo, brutos. Vosotros no habéis estudiado la cosa, no habéis trabajado por la cosa, no habéis estado en calabozos, no habéis comido ratas desabridas... Se trata de un organismo; ¿sabéis lo que es un organismo?».
Ambos callaron. Creían que se trataba de un organillo; pero no se atrevían a decirlo.
«Este dice también—añadió el denunciador sin poder contener la risa—que quiere ser célebre.