JOAQUÍN.—Desecha las ideas convencionales. Cada acción tiene un punto de vista desde el cual debe juzgársela, lo cual prueba la gran variedad de las perspectivas del alma humana...

ISIDORA.—Yo siento algún remordimiento...

JOAQUÍN.—Porque no has hecho un análisis frío del hecho en sí y te dejas llevar de la rutina.

ISIDORA.—(Gozosa.) ¿Te pusiste contento cuando recibiste mi carta?

JOAQUÍN.—La besé mil veces, y aun creo que se me escapó una lágrima, cosa en mí desusada.

ISIDORA.—Ya ves que cumplí mi palabra. El jueves, cuando me pintabas tu compromiso y me decías que tu honor y tu buen nombre estaban en peligro, te dije: «Yo, a quien tan grandes desaires has hecho, te he de salvar...». No hay nada que me cautive tanto, que tanto interese a mi alma, como un acto de estos atrevidos y difíciles, en que entren la generosidad y el peligro. Nací para estar arriba, muy arriba.

JOAQUÍN.—En las estrellas te pondría yo.

ISIDORA.—Las cosas bajas y fáciles, las pasiones mezquinas no caben en mí. Tú me habías hecho muchas picardías; pues ahora verás... Yo soy así. La idea de devolverte bien por mal me daba alegría y valor para vencer las dificultades. Fui a mi casa pensando en tus apuros. Yo calculaba, discurría, hacía cuentas. A medianoche no había dormido aún; estaba sola. Podía pensar a mis anchas, y pensar en ti como me diera la gana. Llegó la mañana. ¿Qué creerás que hice? La cantidad era enorme. ¡Mil duritos! ¿De dónde había de sacar yo ese dineral? Pues verás... Vendí mis pendientes de tornillo y mi alfiler grande. Saqué doce mil reales. Compré otros diamantes falsos para que él no conociera el engaño. Después empeñé la pulsera, el reloj; pero nunca bastaba, hijito. Por tu suerte, él me había dado cierta cantidad para renovar parte de la sillería..., pues al montón con ella. En fin, mi tía Encarnación me proporcionó el resto... Y aquí vienen los escozores que siento en mi conciencia...

JOAQUÍN.—(Con escepticismo y fortaleza de espíritu.) Eres una chiquilla. Es preciso que tu inteligencia se ponga a la altura de tu gran corazón.

ISIDORA.—(Con monería.) Déjame, que yo me entiendo. Te diré la verdad pura. Por engañarle no tengo remordimientos. Es un animal a quien aborrezco con toda mi alma. No me merece... ¡Pero hay tantas clases de traición!... Te diré...