JOAQUÍN.—(Azotándola con cariño.) Pero ven acá, tonta...

ISIDORA.—(Abofeteándole con amor.) Escucha, idiota... Digo que las traiciones de dinero no me gustan. Hay algo ahora en mí que las rechaza. Te diré: con gusto o sin gusto mío, él me da cuanto necesito. Es verdad que los tornillos eran míos; me los habías regalado tú. Pero el alfiler me lo dio él..., y el dinero para la sillería... Ya ves.

JOAQUÍN.—Déjame hablar ahora.

ISIDORA.—(Tapándole la boca.) Aguarda.

JOAQUÍN.—(Quitándose a viva fuerza la mordaza y besándola mucho.) Déjame hablar a mí. Escucha, escucha. Si ese animal tuviera cien veces más dinero del que tiene; si en vez de haberse comido una parte del país se lo hubiera comido entero, todo su caudal no bastaría para pagar una de tus caricias, aun otorgada con violencia y sin amor. Esa cantidad que he recibido de ti me ha salvado de la deshonra. Yo te quería ya, yo te amaba siempre, a pesar de mis devaneos. Pero ahora te adoro, ahora soy tu esclavo. Esta deuda es sagrada, es doble; deuda del corazón y deuda de bolsillo. Te pagaré religiosamente.

ISIDORA.—¡Pagarme! ¡Ay! Yo no cobro nunca. Mis manos no nacieron para eso. Si en algo estimas el beneficio que de mí has recibido, ya sabes la recompensa que quiero.

JOAQUÍN.—(Amoscado.) ¿Cuál?

ISIDORA.—Te lo he dicho mil veces. El reconocimiento de Joaquín...

JOAQUÍN.—(Sintiéndose atacado de sordera.) No te oigo.

ISIDORA.—Que reconozcas a nuestro hijo.