JOAQUÍN.—¡Ah!, ya...; eso es corriente. (Disimulando su contrariedad.) En estos días me hallo en tal situación, que no podré celebrar ningún acto civil... ¡Ay!, querida mía, confesor mío, para ti no debo tener secretos. Delante de ti no debo ni puedo disimular mis faltas. He sido un calavera, un disipador; merezco lo que me está pasando. Yo tenía una regular fortuna. ¿Sabes tú cómo se me ha ido de entre las manos? Pues yo tampoco lo sé, y me confundo... Cosa de magia, chica, porque yo... te juro que vivo con economía... Malditos sean los usureros, fieras desenjauladas, dragones sueltos contra quienes nada puede la humanidad indefensa. Y gracias que renovando a tiempo, con tu divino auxilio (Da un gran suspiro.), he podido salvar el honor por el momento. A ti te debo que no haya caído una gran mancha sobre el honrado nombre de Pez... ¿Pero qué sucederá? Que dentro de poco llegará otro vencimiento. Chiquilla, con las fechas no se juega. El tiempo es implacable... Papá me ha hablado seriamente el otro día. Hemos hecho un balance. Le he descubierto todos mis líos; se ha incomodado, y por fin hemos resuelto que no tengo más remedio que irme a la Habana.
ISIDORA.—¡A la Habana!
JOAQUÍN.—Sí, con un destino en la Aduana, un gran destino. Es el único remedio. Los españoles tenemos esa ventaja sobre los habitantes de otras naciones. ¿Qué país tiene una Jauja tal, una isla de Cuba para remediar los desastres de sus hijos?
ISIDORA.—¡Ya!
JOAQUÍN.—Me iré a la perla de las Antillas, como decimos por acá. ¿Quieres ir conmigo?
ISIDORA.—(Reflexionando seriamente.) Te diré...; ir contigo sería mi dicha. Yo te cuidaría si caías malo, y te desviaría de tus calaveradas, porque allá... Pero no puedo, no puedo salir de aquí. Tengo que estar a la mira de mi pleito. El abogado me ha dicho que lo ganaré si tengo paciencia. Ya se ha hecho lo que llaman la réplica, y luego que la señora presente su dúplica, vendrá la prueba... Ya ves, me voy enterando de estas cosas fastidiosas.
JOAQUÍN.—Si lo ganaras... (Afectando confianza.) Yo creo...
ISIDORA.—Es el principal móvil de mi vida. Cuando consiento en separarme de ti por pleitear, figúrate si es cosa de importancia.
JOAQUÍN.—(Con seriedad.) Y yo lo comprendo... No debes salir de aquí. Cuando yo venga, ¡toma!, de seguro te encontraré en pacífica posesión de la casa de Aransis.
ISIDORA.—¡Dios te oiga!... Yo también lo creo así.