JOAQUÍN.—Es evidente... Nada, nada; es cosa hecha.
ISIDORA.—Cosa clara. (Se abrazan para comunicarse recíprocamente su confianza.) ¿Y cuándo te vas?
JOAQUÍN.—No lo sé. Dejaré pasar el verano. Papá y el ministro han hablado ya. Aunque en el Congreso se tiran a matar, allá, entre bastidores, son amigos y se sirven bien. Cuando papá era Director, servía a este señor en cuanto le pedía, y ahora para el Ministro no hay mejor recomendación que la de mi padre.
ISIDORA.—(Con mucho mimo.) Pero yo siento que te vayas. ¿Por qué no tratas de remediarte aquí? ¿Por qué no trabajas en algo?
JOAQUÍN.—¿Aquí? ¡Trabajar aquí!... Tú te has caído de un nido. En España no se recompensa el mérito. ¡Qué país! Es claro; yo trabajaría, yo me dedicaría a algo; pero ¿qué pasa? Los escritores, los artistas, los industriales y hasta los tenderos todos se mueren de hambre. Que trabaje el obispo. No hay más medio de ganar dinero aquí que metiéndose en negocios patrocinados por el Gobierno. Pídele datos de esto a tu señor Sánchez Botín. Es un genio.
ISIDORA.—(Con malignidad.) Es un genio... inaguantable. Está muy hueco con el discurso que pronunció ayer. Es de..., de la Comisión. ¿No se dice así?
JOAQUÍN.—De la Comisión, justo. Todavía no he leído su discurso. (Incorpórase, y del bolsillo de su levita saca un diario.) Es un hatajo de necedades soporíferas. Cuando hablaba, no había seis diputados en el salón, y de estos seis, cinco estaban dormidos. Todos los oradores versados en administración producen estos efectos de narcótico. Papá mismo, cuando habla de esto, es el puro beleño. Pero ayer era el único que logró estar despabilado durante la oración fúnebre—administrativa de Sánchez Botín.
ISIDORA.—Pues él dice que apabulló a tu padre.
JOAQUÍN.—¡Qué gracia! Verás. (Amenaza leer.)
ISIDORA.—Por Dios, dejo eso.