JOAQUÍN.—No me da la gana.

ISIDORA.—¡Qué horas tan felices si no fueran tan cortas! (Acaba el gorro de papel y se lo pone.) ¿Qué tal?

JOAQUÍN.—(Dando su aprobación expresivamente.) ¡Mona!... Pues te contaré las gracias de Botín.

ISIDORA.—¡Ay! Esas gracias me han hecho llorar mucho. ¡Si él supiera las mías!...

JOAQUÍN.—Hace unos quince años Sánchez Botín era un zascandil. Andaba por ahí con un gabán perenne y sucio; pero ya dejaba traslucir sus disposiciones para la intriga; adulaba a todo el mundo, y agenciaba cosas de poco valor en las oficinas. Empezó a levantar cabeza, trabajando elecciones por los pueblos del Alto Aragón. Hacía diabluras, resucitaba muertos, enterraba vivos, fabricaba listas, encantaba urnas. Después le colocaron en el Ministerio, y casó con la de Castroponce, que le aportó dos millones. Hízose diputado y gerente del ferrocarril de Albarracín. Aquí empiezan sus triunfos. Como tiene amistad con el ministro y allá se gobiernan bien los dos, hace lo que quiere. Figúrate, la ley autoriza a los Ayuntamientos para auxiliar a las Compañías de ferrocarriles con el 80 por 100 de sus bienes propios.

ISIDORA.—(Bostezando.) ¡Qué cosas!

JOAQUÍN.—Tú no entenderás esto. Yo tampoco. Ello es que hay un papel que se llama Inscripciones, el cual está en la Caja de Depósitos. Botín se arregla para sacarlo, da una pequeña parte al Ayuntamiento, y con el resto y la subvención van construyendo el ferrocarril sin adelantar una peseta. El Gobierno les da prórrogas.

ISIDORA.—(Cerrando dulcemente los ojos.) ¡Qué picardía!

JOAQUÍN.—(Con verbosidad.) Pero esta tostada, con ser un negocio inmoral, no es tan atroz como la que resulta de comprar por un pedazo de pan los abonarés de los soldados de Cuba, que llegan aquí muertos de miseria, enfermos y con un papel en el bolsillo. El Gobierno no puede pagarles; pero Botín ha reunido millones en esos abonarés, y el mejor día se los admite el Gobierno en pago de un empréstito... Pues en las subastas no te digo nada. Ahí es donde están las ricas tostadas. Él hace lo que quiere. Es un bajá administrativo, mejor dicho, un sultán que tiene las rentas públicas por serrallo. Se pone de acuerdo con el Gobierno, y redacta a su gusto el pliego de condiciones, de manera que no se puede presentar nadie... Pero ¿qué es eso?... (Poniéndole la mano en la frente.) ¿Isidora?... Se ha dormido... ¡Qué hermosa está! ¡Qué cuello y hombros tan admirables!... Pura escuela veneciana... ¡Isidora!

ISIDORA.—(Despertando.) Me dormí arrullada por las gracias de Botín. ¿Será tarde? Ahora sí que anochece.