JOAQUÍN.—¡Bravísimo!... Vamos, cuando me comparo con él... Permíteme que me alabe en presencia de ese bárbaro egoísta. Yo vivo de lo ideal, yo sueño, yo deliro y acato la belleza pura, yo tengo arrobos platónicos. En otro tiempo, ¿quién sabe lo que hubiera sido yo? Quizás un D. Juan Tenorio; quizás uno de esos grandes místicos que han escrito cosas tan sublimes... Ahora, ¿qué soy? Un desgraciado, por lo mismo que me estorba lo negro en cuestiones de positivismo. Y, sin embargo, yo me congratulo de ser como soy. Es verdad que falto a la moral, ¿pero por qué? Porque no he sabido poner freno a mi fantasía; porque no he podido cerrar y soldar mi corazón, vaso riquísimo que cuanto más se derrama, más se llena... He querido a muchas mujeres; he hecho mil disparates; he derrochado una fortuna. ¡Desventajas de la constante aspiración a lo infinito, de esta sed, Isidora, que no se satisface nunca! ¿Ves mis calaveradas? Pues nunca he sido verdaderamente vicioso. ¡Oh!, ¡quién hubiera sido poeta!... Derramando mi idealidad en versos, habría conservado mi ser moral. Pero nunca supe hacer una cuarteta, ni he sabido distinguir a Júpiter de Neptuno... ¿Ves cómo estoy? ¿Ves mi ruina? Pues mira, tengo la conciencia tranquila. No he despojado a nadie. Joaquín Pez pedirá limosna antes que comerciar con el hambre y la desnudez de un licenciado de Cuba. Yo no puedo ver en la calle un pobre sin echar mano al bolsillo; yo no puedo ver una mujer guapa sin prendarme de ella. (Isidora le da un pellizco.) ¡Ay! Será debilidad, será lo que quieras. Yo lo llamo abundantia cordis, opulencia del corazón. No lo puedo remediar. Soy como una pelota. La mano de la generosidad me arroja, y voy a estrellarme en la pared de la belleza... ¿Ves lo de mi proyectado viaje a la Habana? Pues se me figura que volveré de allá tan pobre como estoy aquí. Yo no sirvo para esto. No soy como mi padre y mis hermanos, que saben Aritmética. Yo no la entiendo. Esa ciencia y yo... no nos hablamos hace tiempo... Yo la he despreciado, ¡y ella se venga haciéndome unas perradas!...

ISIDORA.—(Con efusión de amor.) Menos en lo de querer al por mayor, ¡cuánto nos parecemos! Yo también veo lo infinito, yo también deliro, yo también sueño, yo también soy generosa, yo también quisiera tener un caudal de felicidad tan grande, que pudiera dar a todos y quedarme siempre muy rica... Mi ideal es ser rica, querer a uno solo y recrearme yo misma en la firmeza que le tenga. Mi ideal es que ese sea mi esposo, porque ninguna felicidad comprendo sin honradez. Riqueza, mucha riqueza; una montaña de dinero; luego otra montaña de honradez, y al mismo tiempo una montaña, una cordillera de amor legítimo...; eso es lo que quiero. ¡Oh, Dios de mi vida! (Llevándose las manos a la cabeza.) ¿Llegará esto a ser verdad?

JOAQUÍN.—¿Pues no ha de llegar a serlo?... Abrázame fuerte.

ISIDORA.—Ahora sí que es tarde. (Alarmándose.) Me voy, me voy.

JOAQUÍN.—Todavía...

ISIDORA.—Sí, ya han encendido el gas. (Mira al techo.) Mira los dibujos que hacen en el techo la sombra de los árboles de la calle y el resplandor de los faroles.

JOAQUÍN.—Sí. Sonó la hora triste. Y ahora, ¿qué día...?

ISIDORA.—¡Ay!, tontín, ¿sabes que no lo puedo decir? (Arreglándose aprisa.) Se me figura que nuestro dragón está receloso. Me vigila mucho. Tengo la seguridad de que sospecha algo. El mejor día descubre mis gracias...

JOAQUÍN.—No lo creas...

ISIDORA.—¡Ah!, es muy tuno... Sí, yo creo que nos sigue la pista. Estoy viendo que cualquier día regañamos, y le mando a paseo. Sin ir más lejos, mañana habrá cuestión. ¿No es mañana San Isidro?