JOAQUÍN.—Sí.

ISIDORA.—Pues yo deseo ir a la pradera y ver la romería, que nunca he visto, y él se empeña en que no he de ir... Allá veremos. ¡Dios de mi vida, qué tarde!

JOAQUÍN.—¿Y cuándo te veré?

ISIDORA.—Te avisaré con mi padrino, (Despídense con manifestaciones de ardiente cariño.)

JOAQUÍN.—Abur, chiquilla.

ISIDORA.—Riquín, adiós. (Al salir.) No me olvides.

JOAQUÍN.—(Solo.) ¡Bendita sea ella! Vale infinitamente más que yo.

Capítulo VII

Flamenca Cytherea

La unión nefanda de estos dos vocablos, bárbaro el uno, helénico el otro, merece la execración universal; pero no importa. Adelante.