—Es verdad lo que has dicho. ¿Cómo es que todo lo sabes y todo lo averiguas?—dijo Isidora, rompiendo a llorar—. Augusto, ten compasión de mí. No, no me digas cosas... Él está perseguido, huye de la justicia, y ha tenido que refugiarse en un sitio, que por ser tan malo, le ofrece seguridad. No se comunica con ninguno de la casa. No le denuncies, ni me riñas a mí porque no he querido abandonarle en la desgracia.
—Perdóneme usted, amiguita—indicó Eponina con bondad—, me va usted a estropear el vestido; me lo está usted mojando con sus lágrimas.
—Me lo quitaré—replicó Isidora haciendo un gesto de niña mimosa—. Miquis, haz el favor de pasarte a la sala, que me voy a mudar de traje».
Alejose un rato el médico. Cuando volvió, ya Isidora había tomado su forma primera. Se abrochaba su vestidillo humilde diciendo: «Ya tengo otra vez la librea de la miseria».
Eponina salió, dejándolos solos. De repente Isidora se fue derecha hacia Miquis, y cruzando las manos delante de él, le dijo con acento de intenso dolor:
«¡Amigo, estoy desesperada!
—¿Qué tienes?—le preguntó él, sintiendo ante aquella pena y aquellas lágrimas una cobardía dulce.
—¡Estoy desesperada! A ti me dirijo, a ti que eres bueno y me conoces hace tiempo.
—¿Bueno yo?...—dijo Augusto con ironía—. A ver, ¿qué quieres?
—Necesito..., ¿tendré que decírtelo?..., necesito dinero.