—Ya...
—Yo no puedo estar así. Váyanse al diablo tus recetas. Te diré..., yo quiero vivir y esto no es vivir.
—Dinero para el Pez.
—No, no; lo necesito para mi procurador y para mí. Estoy vestida de harapos... No me riñas, cada cual tiene su manera de ver las cosas de la vida. Sé que me vas a sermonear, y hablarme de moral y qué sé yo... No entiendo tus medicinas. Te diré... Dios no quiere favorecerme, Dios me persigue, me ha declarado la guerra...
—¡Qué pillín!
—Yo quiero ir por los buenos caminos, y Él no me deja—prosiguió Isidora con tanta agitación que parecía demente—. Veremos si al fin me favorece. Te diré...; lo que importa es que yo gane ese pleito. Cuando lo gane, tomaré posesión de mi casa... Mucho siento no poder llegar a ella con todo el honor que mi casa merece..., pero ¿qué hacer ya? Entretanto, amigo, la miseria me es antipática, es contraria a mi naturaleza y a mis gustos. La miseria es plebeya, y yo soy noble.
—Isidora—declaró Augusto con seriedad—, al nacer te equivocaste de patria. Debiste nacer en Francia. Eres demasiado grande, eres un genio y no cabes aquí. ¿Quieres el último consejo? Pues vete a París. Allí encontrarás tu puesto. Aquí te degradarás demasiado. Aquí no las gastamos de tanto lujo como tú».
Levantose para marcharse.
«No, no te vas—dijo ella deteniéndole con fuerza por un brazo—; no te vas sin decirme si puedo contar contigo.
—¿Para qué?»—murmuró el médico temblando.