«Tengo un recelo—le dijo Isidora agitadísima, la voz balbuciente, la expresión turbada y agoniosa—. No me has comprendido... Habrás creído tal vez que deseo ser tu querida, que te he propuesto que me compres... No me juzgues mal; yo quiero ser honrada. Si no lo consigo es porque..., te diré...
—¡Honrada!
—Sí, sí. No me comprendes. Sí me socorres, yo te pagaré..., dinero por dinero.
—Déjame en paz—dijo Miquis retirándose.
—No, no te vas—replicó ella deteniéndole con fuerza—. Estoy desesperada. Necesito... En último caso, paso por todo.
—Soy pobre.
—La desesperación es ley, Augusto. Te hablaré con el corazón; te diré... Yo no quiero más que a un hombre. Por él doy la vida, y en último caso el honor... Di, ¿me favoreces?
—Lo que necesitas, ¿es para comer?
—No; necesito mucho.
—No puedo, no puedo».