«Augusto, Augusto—exclamó ella colgándosele del brazo—. Mi necesidad es tan grande, que no puedo tener tesón ni dignidad, ni nobleza. Yo no te quiero, no puedo quererte; pero como Dios me abandona, yo me vendo».
Pausa. Miquis la miraba pestañeando. Sobre ambos, un farol de gas alumbraba con rojiza luz aquella escena indefinible en que la necesidad desesperada, de un lado y la integridad vacilante de otro, se batían con furor. ¡Dinero y hermosura, sois los dos filos de la espada de Satanás!
«Soy pobre—repitió Miquis, haciendo un esfuerzo—; vete a París.
—¡Augusto!».
Augusto sintió cólera. Aprovechándose de aquel movimiento del alma, desprendió su brazo de la mano de Isidora, y con toda energía le dijo:
«Dios te ampare».
Ya estaba distante cuando oyó esta voz sarcástica: «¡Farsante!».
Aquella misma noche desapareció Isidora de la casa de sus buenos amigos, dejándoles un papelito que decía:
«Emilia, Juan José, amigos queridos: no soy digna de vivir en vuestra casa. Cuidad de mi hijo esta noche. Tened lástima de mí».