ISIDORA.—¿Ha venido mi padrino?

JOAQUÍN.—No he tenido el gusto de ver a su señoría.

ISIDORA.—¡Cuánto he andado, cuánto he corrido hoy!... He vuelto a casa de Emilia para ver a Riquín. He querido traérmele, temiendo que les molestase; pero Emilia no lo ha consentido... Hemos llorado... (Se conmueve.)

JOAQUÍN.—Has hecho bien en dejarle allí. En ninguna parte estará mejor.

ISIDORA.—(Suspirando fuerte.) ¡Ay! Dios de mi vida, ¡qué angustia! Por fin he logrado reunir... (Lleva la mano a su bolsillo como para defenderlo de un brusco movimiento de Joaquín.)—No, no te doy un cuarto. Déjame, que yo iré arreglando las cosas. Por de pronto es preciso que salgas de aquí. Esta casa es una pocilga, y ¡qué vecindad, qué huéspedes, qué patrona! Anoche no me dejaron dormir estos torerillos y demás gentuza que cantaba y daba palmadas en el comedor. Pero di, ¿no hallaste otro sitio mejor en que meterte?

JOAQUÍN.—(Con desaliento.) Perseguido, aterrado, aturdidísimo, me dejé conducir por un amigo, Pepe Nules.

ISIDORA.—Pues ya tengo para pagar los ocho días que has estado aquí. Yo no he estado más que tres. El gasto es poco. Hoy te haré traer comida buena de la fonda.

JOAQUÍN.—No te apures por eso...; lo mismo me da.

ISIDORA.—Y mañana irás a una casa más decente.

JOAQUÍN.—(Con indiferencia.) ¿Para qué?