ISIDORA.—Para que vivas con más decoro.

JOAQUÍN.—¡Ideas convencionales!

ISIDORA.—(Pensativa.) Ayer te dije que tomaría una casita, y nos íbamos a vivir juntos, ocultamente, sin que nadie se enterara. Ya he reflexionado, y eso no puede ser.

JOAQUÍN.—Esas ideas de vivir ocultamente, y eso de hacer un nido y... (Riendo.) Estupideces, hija. Eso lo pueden hacer los pájaros, que no conocen la acuñación de moneda. Estamos dejados de la mano de Dios. No hay que pensar en casita ni en simplezas. Los novelistas han introducido en la sociedad multitud de ideas erróneas. Son los falsificadores de la vida, y por esto deberían ir todos a presidio.

ISIDORA.—No te desesperes. (Sonriendo con dulzura.) ¿Y si yo te dijese que tengo probabilidades de reunir algún dinero?

JOAQUÍN.—Tu dinero nos serviría para ir pasar dos días, tres. Luego volveríamos a la misma situación de miseria, y como tus riquezas no habían de ser tales que yo pudiera con ellas romper este cerco en que me hallo...

ISIDORA.—(Con cariño.) ¿Y si yo pudiera...?

JOAQUÍN.—Ta, ta, ta. Tú vives de ilusiones. Aquí tenemos otra vez la fantasmagoría del pleito. Siempre crees que mañana te duermes Isidora y te despiertas marquesa de Aransis, harta de millones. No sé cómo, con tu buen talento, vives así, engañada por el deseo.

ISIDORA.—Vamos, hoy todo lo ves negro.

JOAQUÍN.—Es que todo se ha vuelto ya retinto para mí.