ISIDORA.—Si quieres que no riñamos, no me hables del pleito con ese desprecio. Yo tengo confianza, y quiero que tú la tengas también. El procurador me ha dicho que es cosa ganada... Tardará algún tiempo, porque mi abuela apelará; pero de que lo gano, no te quede la menor duda.

JOAQUÍN.—Pues poniendo las cosas a tu gusto, siempre pasarán tres, cuatro o cinco años antes que lo ganes. Ayúdame a sentir. Ni cómo he de remediarme yo ahora y sortear mi deshonra, con esos caudales que todavía no se han acuñado.

ISIDORA.—Al darte esperanzas, no me refería precisamente al pleito. Yo pensaba conseguirte el dinero con un préstamo.

JOAQUÍN.—¡Un préstamo! (Con estupor.)

ISIDORA.—En fin, yo me entiendo... No te desesperes...

JOAQUÍN.—No creo ya en los préstamos, como no creo en los milagros. (Da media vuelta y se pasea otra vez.)

ISIDORA.—(Aparte, y después de mirar un rato a Joaquín). Es preciso sobreponerse a la desgracia... Arreglaré el cuarto que parece una leonera.

Larga pausa. Durante un momento, ambos personajes callan. Isidora coloca las sillas con cierto orden, arregla las camas, quita el polvo. Cuando limpia el espejo, se mira un poco, y dice: «Parezco que sé yo qué. (Alto.) Hoy traeremos dos cubiertos de la fonda.

JOAQUÍN.—Como tú quieras. El comer bien o el comer mal me es indiferente; pero, pues tú lo quieres, comamos bien, que nada se pierde en ello.

ISIDORA.—(Sentándose fatigada.) La miseria, hijo, me espanta. No tengo un vestido decente que ponerme... ¿Pues y tú? ¡Y a esto llaman vivir!...