Como quien se quita una máscara, Isidora dejó su aspecto de sumisa mansedumbre, y en tono resuelto pronunció estas palabras:
«No quiero que mi hermano trabaje más en ese taller de maromas; no quiero y no quiero.
—Le señalarás una renta—replicó la anciana con ironía—¡Le pondrás coche! Y para mis pobres huesos, ¿no habrá un par de almohadones?
—No estoy de humor de bromas. Mi hermano y yo somos personas decentes...
—Ya lo creo...
—Pues claro.
—Pues turbio.
—Somos personas decentes.
—Y príncipes de Asturias.
—Aquel trabajo es para mulos, no para criaturas. Yo quiero que mi hermano vaya a la escuela.