—Y al colegio.
—Eso es, al colegio—replicó Isidora marcando sus afirmaciones con el puño sobre la endeble mesa—Yo lo quiero así..., y nada más».
¡Qué fierecilla! ¡Cómo hinchaba las ventanillas de su nariz, y qué fuertemente respiraba, y qué enérgica expresión de voluntad tomó su fisonomía! Todo esto lo pudo observar la Sanguijuelera sin dejar su ocupación. Amoscándose un poco, le dijo:
«¿Sabes que estás cargante, sobrina, con tus colegios y tus charoles? A ver, echa aquí lo que tengas en el bolsillo. ¿Crees que la gente se mantiene con cañamones? ¿Crees que hay colegios de a ochavo como los buñuelos? ¡Qué puño!... Dame guita y verás.
—Tengo para no pordiosear.
—¿Te ha dado el Canónigo?
—Lo bastante para poner a Mariano en una escuela y para vestirme con decencia.
—¡Ah!, canóniga..., tú pitarás... Hablemos claro».
Y se sentó, haciendo silla de una tinaja rota. Puesto el codo en la mesilla y el hueso de la barba en la palma de la mano flaca, aguardó las explicaciones de su sobrina.
«Tía...—murmuró esta sintiendo mucha dificultad para iniciar la cosa grave que iba a decir—. Usted sabe que yo y Mariano... ¿Pero usted no lo sabe?