JOAQUÍN.—Le voy a convidar a usted a una copa de Champagne.
DON JOSÉ.—(Con repugnancia.) Gracias, no..., me mareo. (Vacilando.) Pero, sí, venga; así se olvida.
JOAQUÍN.—¿Tiene usted muchas penas que olvidar?
DON JOSÉ.—(Mirándole con ojos dulzones.) ¿Yo?... ¿Penas yo? (Contrae horriblemente sus facciones al tratar de contener la emisión de un suspiro.)
JOAQUÍN.—(Escanciando.) Ahí va.
DON JOSÉ.—(Bebe.) ¡Cómo pica la maldita! (Apenas ha llegado a su estómago la primer gota del precioso líquido, inclina la cabeza y cierra los ojos, diciendo.) ¡Mundo miserable!
JOAQUÍN.—¿Qué?... ¿Por tan poca cosa?
DON JOSÉ.—(Levántase bruscamente, los ojos brillantes y airados, la actitud trágica.) Sí, lo repito. Un caballero no recoge sus palabras. ¡Es usted un miserable, y le voy a romper a usted el bautismo!
JOAQUÍN.—(Soltando la risa.) ¡Don Pepe!
DON JOSÉ.—(Cuadrándose.) A sable o a pistola, como usted quiera. Me es igual. De todas maneras sabré castigar su infamia. ¡Usted, un hombre ordinario, un monstruo, un cafre, atreverse a coger en sus garras aquel lirio! (Da algunas vueltas por la habitación, perseguido por espectros.) No, no os tengo miedo, no. Pez, Botín, Melchor, Bou, no os temo. Os mataré a todos, os haré polvo. Soy el defensor de la virginidad ultrajada, de la inocencia perseguida, de la casta paloma... ¡Vamos, al momento, al momento, me bato con los cuatro!