JOAQUÍN.—(Le empuja hacia el sofá.) ¡Pobre hombre!

DON JOSÉ.—(Cayendo en el sofá como un talego.) Me habéis matado, porque sois cuatro. Os perdono a todos menos a uno. Os perdono a los tres; pero a ti, bestia repugnante, a ti, tronco de la Ipecacuana, no puedo perdonarte. (Se desvanece.)

JOAQUÍN.—(Disponiéndose a salir.) Ahí te quedarás hasta que te pase.

—IV—

Mutación. La escena representa un aposento semi—elegante que parece ser fonda.

ISIDORA.—(Mirando con zozobra hacia la puerta, en la cual ha dado golpes una mano indiscreta.) ¿Quién es?

DON JOSÉ.—(Levantándose de un sillón en que yace soñoliento.) Si es visita, me retiraré.

UN SEÑOR.—(Entrando sombrero en mano y dirigiéndose a Isidora.) ¿Es usted doña Isidora Rufete?

ISIDORA.—(Trémula.) Servidora...

AQUEL SEÑOR.—(Avanzando, seguido de otro individuo poco simpático y nada cortés.) Señora, el objeto de mi visita es poco agradable. Vengo a prender a usted de orden del juez del Hospicio. (Muestra el auto de prisión.)